miércoles, 18 de julio de 2007

PENA DE AMOR

Bajas de esas montañas, con acordes
de agua, que cadencian tus pasos
Tus senos, ocultan un alma que desconozco
En las fragancias de tu cuello, se anegaban todas las flores

¿Quién eres?, ¿Quién llega?, te pregunté tímidamente
¿Llevas en tus manos flechas y cenizas encendidas?
¡Soy la brisa esperada, voy deprisa, y me dispersa el viento!
¡Llevo gotas de rocío en mi boca, cubiertas de miel enamorada!
¡Traigo para ti, leche azul, cuajada de besos!

¿Qué quieres?, te pregunté esperanzado
¡Deseo tu alma, y a vuestro noble corazón
desnudo!
¡Ven, tómalo!, te dije sin pensarlo

Mordiéronme tus labios de muérdago, y desaparecísteis
¿Quién era?, me pregunté aturdido
Entonces…
Me susurró al oído, un palomo del monte:
"Era una pena de amor que vino a verte…"

PRESENTIMIENTOS



Posees de la luna, el lado oscuro e inaccesible
OH!, tu rostro blanco, velado por mis lágrimas negras
Manos delgadas, frías, amarillas…
Cual flores silvestres, húmedas, sin dueño

Tus ojos socavan mi retina, con destellos
de luz, que emergen de un faro ya inclinado
Eres la fruta impenetrable, que se aproxima,
a la triste intimidad del invierno

Pobre de tiempo, voy hundiéndome en tus labios
Como áncora que se clava, en el pozo azul del océano, o
de los pájaros heridos, en la grieta del peñasco, un nido

Desde la grave gravedad, en la que gravitan mis penas
Te digo: ¡Ni mi sombra errante, te ha fingido amor!
En cambio tú te limitásteis, a ser, solamente buena.

RETORNOS DEL AMOR EN EL TÁLAMO


¡Mira mi
amante allá a lo lejos!
¿No ves a los
hombres,
prendidos a los hilos negros de
la noche,
tejiendo una
alfombra por la
que mañana
transitarán
nuestras almas
impenitentes,
condenadas y muertas?

¡No llores mi
amante!
Guarda tus
lágrimas,
porque algún
día
seguramente,
cabalgaremos
por un campo
sembrado de
inmensas cebollas

¡OH mi amante,
ya no reces!
¡Dios, ya no nos
escucha!
Porque nuestros
pecados,
sobrepasan los
átomos de esta pieza.

La ventana es
una paleta, por
donde se abren
y se cierran los
colores del
otoño

Revolquémonos sobre el
crepúsculo azul,
que se acostó de
espaldas en este
ajeno tálamo.
Como narcisos
abiertos,
redondos,
blancos,… tus
dulcísimas
caderas
¡Mira mi amante
el remolino de
las hojas
oscuras jugando
en los cristales!
A las hojas, las
impele el viento
A mi mano, la
sed de amarte
¡Pero espera!,
¿aún podemos hacer algo?...
No enjuagues tu
enagua, en esas
aguas frescas y
claras que bajan
de aquellas
montañas.
No sea cosa que
mañana, manos
más castas que
las nuestras se
las lleven a sus
labios, y al
amanecer las
besen.

SONETO Nº II


“Este soneto, tiene para mí un valor muy especial, porque es el primer poema que escribí. Recuerdo que tenía 15 años, y que inspirado por las clases de literatura española. (Me habían obsesionado algunos sonetos de Quevedo, (dejando huellas indelebles, que aún perduran en mí).
Ilusionado, se lo llevé a mi profesora. Y ésta con gesto adusto, como estudiándome, me dijo:-¿Vos escribiste, esto? (La pobre tenía un concepto desastroso de mí, y no sin motivos)
Yo le dije tímidamente:-Si, yo lo hice-
A lo que ella retrucó:-¿Y por qué lo escribiste, que significa? A lo que yo le respondí:-Honestamente no lo sé, es como si alguien me lo hubiera dictado-
jamás volvió a tocar el tema, la pobre ni siquiera tuvo valor para decirme, si era bueno o malo.
Han pasado un poco más de 30 años, de ese suceso.
Si hoy me preguntaran porque lo escribí, creo que daría la misma respuesta.-Honestamente no lo sé, es como si alguien me lo hubiera dictado-


¡Oh severa sombra que sinrazón
Te llevaste lo mejor de mi vida
Sin pensar que dejaste esparcida
Honda huella sobre mi corazón!

¿Agora a do, descansará ya tu alma
cuando se encuentre sola y sin calor?
Quizás marchitará como la flor
Lentamente se deshojará en calma

Decidme, no comprendo tu elección
Cegaste una llama que ardía
Dejaste a mi alma en rara prisión!

No esperéis la ancianidad tardía
pues llevadme en la misma condición
Tal vez, sea así, eternamente mía!

RETORNOS DEL AMOR EN EL BOSQUE



DESCARRILAN en el bosque, los vagones sombríos
de la noche.
Y en la rosa silvestre se practica,
multiplicando la negrura de sus pétalos, rigurosa.

Tu mirada de leona nocturna;
penetra como una daga devorante,
en mi pobre corazón desnudo.
Y en tus ojos gira la arista insomne
de los recuerdos.
Entonces.
Yo proclamo en nombre de nuestro amor:
Al cereús, la amapola y al garabato.
No admito belleza superior que la flor
del nenúfar.
Cuando la pálida lámpara del crepúsculo.
Flotando sobre las aguas del río,
la sonrosa tenuemente.

Abjuro, de quien daña la flor del tanaceto,
porque sobre las alfombras perfumadas
de sus húmedas hojas.
Suspiramos esperanzados,
nuestra primer e inconclusa cópula.

¡Oh amada, mi bien amada!
¿Cuántas veces hemos nacido y muerto?
Bajo la sombra cómplice del saúco.
¡Tantas amor!
Que ya ni siquiera le tememos a la muerte.

Nuestras sombras equidistantes caminan lentas,
bajo la sombra bondadosa del aliso.
Y se adelgazan como palabras sobreesdrújulas,
escritas sobre un papel blanco,
que se hunden en el agua y se mojan.

La tierra cohabita con las raíces de los árboles.
¡Súbitamente!
Nos lanza un destello amarillo,
que nos ciega.
Es una espiga de trigo que se quiebra, sobre
tu blanco y desnudado cuerpo.
Desparramando aromas de harina leve,
con un cedazo que al filo de la noche.
Le prestó el alba.

A UN HOMBRE SABIO


"En su célebre libro: "EL PRINCIPITO", Antoine de Saint-Exupèry
Lanza una sentencia terrible y no menos cierta a la vez:


Quiera Dios, que estas palabras de carácter universal,

no se hagan realidad en estas atrevidas y presumidas frases que aquí escribo"


Que comprende que algunas de nuestras peores tragedias, nacen de nuestros más íntimos complejos.
Que sabe que el enojo es un énfasis ridículo.
Que reconoce que hay más felicidad en el dar que en el recibir. Salvo, cuando nos dan amor.
Que trata de no mentir. Porque entiende que la mentira es un pedido velado de auxilio.
Que intuye que la envidia del hombre se mide más por su silencio que por su burla.
Que ya no lleva las estadísticas de sus éxitos y fracasos; porque perdió el histérico hábito de la suma, ahora simplemente enumera.
Que entiende que la envidia es el opio de las almas, cuyas alas heridas no se atreven a volar.
Que sabe que la soberbia, muchas veces: Es la distancia que media entre el logro actual inmerecido y su injusto punto de partida.
Y la frustración, casi siempre: La diferencia entre el ámbito en el que estamos encadenados y aquel, al que razonablemente aspiramos.
Que intuye que las grandes verdades son ajenas al lenguaje, más bien se encuentran ocultas tras las extrañas formas del silencio.
Que ya no reclama nada a sus padres, ahora ve de soslayo a sus hijos.
Que sabe, que el fracaso no necesariamente es la antesala del éxito, porque hay fracasos que son más definitivos que el color de nuestros ojos.
Que se puede parar frente a la mujer que lo abandonó injustamente hace unos años, no porque la quiera; sino porque advierte que sólo una cosa está por encima del amor: Nuestra propia dignidad.

LEGADO


Alrededor de casa
El viento aúlla y se entretiene desnucando árboles.
Entonces. Yo les traigo...
Porque ayer con mi alma cabalgamos juntos,
sobre un mar de sombrías adversidades errantes:
Mis mejores cantares.
Les entrego del lagar que ella .
Como un daguerrotipo límpido y mágico, tenía:
Mi mejor vino
Les lego el ciprés que creció adentro suyo,
absuelto de laboriosas y voraces hormigas.
Para que luego trasplanten,

a vuestros puros corazones desnudados:
Sus semillas
Porque nada poseo, mas lo poco que tengo se los doy.
Logros que tras viejas luchas conseguimos mi alma y yo.
¡Pero cuidado!
No retengan mis cantares.
Cántenselos al prójimo sin ayudante.
No se embriaguen solos con mi vino.
Compártanlo con los pobres de espíritu.
No planten las semillas del ciprés
solamente en sus huertos.
Desperdíguenla por el de aquellos que nunca,
han tenido vocación de cielo.
Sepan que lo único verdadero, es lo que
perdura hasta el final.
¡Me voy...me llaman...me descarno!
¡Oh alma mía!
¡Oh mis hijos!
¡Oh cielo!